Problemas de Aprendizaje. Orientación, Divulgación y Formación.

Espacio para almacenaje

02.09.2016 10:41

Nuestra infancia nos marca.

No solo nuestras experiencias a nivel emocional o educativo. Influye en nuestros modales, nuestros gustos, nuestra manera de hablar o incluso de pensar, y sí, la crianza e infancia vividas también modelan nuestra relación con las cosas.

Mi comportamiento en cuanto a los objetos que me rodean ha sido siempre contradictorio.

Por un lado, y parece ser algo ligado a mi signo zodiacal, soy una persona con cierto orden y necesidad de cosas útiles y prácticas, con gusto (¡mucho!) por el aprovechamiento del espacio.

He tenido épocas en mi vida donde la falta de casi una perfección logística era motivo para nerviosismo . Tal es el caso, que gente con apenas conocerme o ver mi cuarto durante 2 minutos me ha soltado eso de “¿Eres virgo, ¿verdad?”.

Y si no eres muy de la astrología, digamos que he tenido épocas de máxima necesidad de orden.

Por otro lado, en mi casa se daban dos condiciones.

La primera: Mi madre siempre dijo que la casa es para vivirla y no para enseñarla a las visitas, por lo que nunca viví rodeada de la necesidad de tener el mando a distancia en una bolsa de plástico (he visto hasta sofás), tener que descalzarme al entrar, sufrir por no tener el salón impoluto o los cristales como agua cristalina.

Y lo segundo: En mi hogar había un claro horror vacui que aún se da hoy aunque un poco menos bestia (no, no es la foto).

Por suerte, no se dedicaban a acumular figuritas. El gusto decorativo era tan solo en las paredes y estas estaban llenas de cuadros y estanterías con libros.

Semejante era el caso, que tuvieron que poner una balda recorriendo todo el pasillo para poder guardar tal cantidad de libros: enciclopedias, vademécums, libros sobre mitología (celta, griega..), muchos sobre viajes y otras culturas, atlas, fauna y sobre todo flora…  Cuando cambiaron la estantería del salón pusieron otra más larga y reforzada, no te digo más.

Y de ahí, creo, viene ese extremismo mío por querer no tener y no poder evitar tenerlo.

Ahora, de adulta, cada año que pasa intento tener menos y menos (es raro usar la conjunción “y” para decir “aún menos”, ¿verdad?).

Cuando además, tienes un máster en mudanzas (unas 20 entre España y extranjero) te das cuenta de la cantidad de cacharros que cargas sin necesidad.

Y lo he logrado. O en ello estamos.

Desde que estoy en mi última residencia, mi nivel de “cosas” ha bajado. Noto que cada nueva temporada tengo menos ropa, por ejemplo, e intento seguir donando y deshaciéndome de más.

Y ojo, no digo que tenga muchas cosas. Creo que nunca he tenido demasiadas (todo sería compararse, supongo). No he acumulado a lo loco, por razones evidentes (mudanzas y signo zodiacal, por resumir mi caracter). Sino que tengo más de las que uso, de las que me hacen falta y sobre todo, más de la que querría.

A la vuelta de vacaciones decidí hacer más amplio mi despacho poniendo muebles más pequeños y así tener más espacio en las terapias infantiles.

Y claro, muebles más pequeños, menos cosas dentro.

Además de que cada vez que hago limpieza en un lugar, aprovecho para liarla a lo grande y limpiar y reordenar el resto.

Y algo ocurre en mi cuando lo hago.

Creo lo llaman felicidad.

No lo puedo evitar. Es un placer.

Es algo orgánico. Lo disfruto cosa mala.

Mi pareja me dice que se me pone una cara de satisfacción cuando lo hago… Que se me nota mucho.

Y que soy muy rara ;)

Y ahí estoy yo varios días, con el salón impracticable lleno de montones (el de tirar, el de donar, el de regalar, el de reciclar, el de vender) hasta que logro reorganizar y sobre todo, haber lanzado fuera de casa varias bolsas y cajas con cosas.

 

Y ahora bien… ¿Por qué tenemos cosas?

Unos pueden tener montones y otro no tantas pero todos terminamos acumulando más de lo que deberíamos, eso seguro. Y ¿por qué lo hacemos?

Hay varias razones.

< Primero está la que he contado al comenzar: la educación recibida.

Nos marca. 

Si nuestros padres eran de tener y tener, es más fácil que nosotros también tengamos.

Y ojo, no hablo de tener muchas cosas, simplemente más de las necesarias.

Aunque tan sólo uses dos camisetas, si tienes 4, acumulas 2 de más.

< Segunda. Los miedos.

Y aquí no solo entran varios tipos de miedos sino todo lo que ellos implican, las razones de su existencia. Mirando hacia ellas y no sólo hacia el síntoma, podremos ponerle fin y soltar.

-El miedo a no volver a tener tantas cosas; y que solemos atribuir a gente que lo ha pasado muy mal (postguerras), pero no ha de ser siempre así. En muchas ocasiones va ligado a emociones, a cambios, a inseguridades... 

-El miedo a tirar regalos y que esconde el creer que no serás nunca más digna de las atenciones de otros. Es un miedo al rechazo, a no volver a encajar.  A no volver a merecer que otra persona gaste dinero o tiempo contigo o en ti.

-El miedo a no volver a tener “eso” que te gusta pero no usas. Y aquí cabe todo un mundo.  Porque para ti, es un no querer deshacerte de “esos vaqueros tan chulos” que hace años que no te pones pero en realidad, lo que añoras, es cómo te sentaban (porque estabas más delgada, más en forma, más joven…).

Es cierto que si somos de acumular de más, es mejor que nos dé por las barras de labios que por los trajes de chaqueta: cuestan menos y ocupan menos espacio pero no deja de ser lo mismo.

Analiza porqué lo haces.

Y no te creas que de ahí va a salir necesariamente una infancia traumática o algo parecido.

A veces las razones son de lo más mundanas, como que, por ejemplo, tienes mil barras de labios y no es una afición o una manía, es porque aún no has logrado dar con la que te sientes favorecida, y te las compras por kilos buscando la adecuada. Ahora caes, ¿verdad? Vete a una experta en maquillaje, que te aconseje, te haga probar mil y entre las dos hallarás la adecuada.

Pues así con muchas cosas.

¿Lo ves? Incluso yo, que vivo de esto, te digo que no siempre hay razones emocionales profundas y chungas bajo un comportamiento inadecuado. Puede ser, simplemente, falta de tiempo dedicado a ti o no haber pensado en la solución más sencilla.

Y síiii, traumas también puede haber. ;)

-El miedo a tirar “eso” que es un gran recuerdo. Realidad: pensar que se va parte de tu vida. Y es que “eso” es algo que te recuerda a un momento o persona concreto y crees que deberías guardarlo.

¿Acaso no te acuerdas de ello sin necesidad de un objeto? ¿No será miedo al futuro incierto, a no volver a encontrar a esa persona  o lugar que te hagan sentir bien? Es inseguridad,  puede que unido a cierta falta de autoestima.

 

< Tercera. Los apegos.

Este es mi problema. No es acumular mucho, si no quedarme años y años con cosas a las que casi les doy valor de persona.

Algunas, por suerte, resultan útiles, como casi todo mi material escolar desde la EGB.

Hace años me di cuenta de que no lo usaba por si se rompía.

¡Es material escolar! Me dije una y otra vez. Ha de gastarse, romperse, usarse. Pues eso me llevo mi tiempo y lo asimilé tras decidirme encarecidamente a ello.

Ahora, si se rompe una regla o pierdo un lápiz del 89 no me da un bajón, para eso está.

Es verdad que aún me acompañan objetos desde hace años. Pero muchos menos.

Y cuando los repaso, en la enésima revisión de cosas cuando me mudo o hago limpieza profunda, el resultado es como poco, irónico:

Si logro deshacerme de él me digo “¡muy bien Alma, al fin lo has logrado! ¡Ahora a tirarlo, regalarlo o usarlo!

Y si sigo sin ser capaz, me digo “¡Muy bien Alma!, eso quiere decir que todos estos años llevabas razón, aún piensas lo mismo, ¡pues será por algo! Debe quedarse.”

Jejeje.

¿Cuál de las dos creéis que es una manera de autoengaño? Jajajaja. Está claro que la segunda aunque cuando ya has sido capaz de deshacerte de muchas anclas, creo que debemos recompensarnos.

Suena a excusa, lo se, pero no va por ahí.

Hablo de ser capaz de deshacerte de lo fatuo y conservar lo precioso.

Somos humanos y como tales, estamos ligados no solo a personas, sino también  a momentos, a olores, a cosas..

Algunos objetos deben acompañarte (si quieres) siempre, sea la cadena que te regaló tu abuela, o ese pedazo de barro que te recuerda un verano feliz.

Concederse alguna dispensa es también justo y necesario.

Lo ideal es que sean pocas cosas (colecciones a parte, pero ojo, colecciones que te gusten y no que conserves por amor al pasado). Piensa en que si te mudas, esas cosas deben ocupar dos o tres cajas. Si puedes en menos, mejor.

 

< Cuarta, ser ovejas capitalistas.

Así, tal cual.

Por suerte, y es una suerte muy pero que muy entrecomillada, se suele dar en gente a la que tampoco le cuesta mucho tirar o deshacerse de cosas.

Es decir, hablo de la persona que compra mucho, sea barato o caro, pero que también tira mucho.

Además suelen donar muy poco. Y no es porque sean malas personas, es que ni se acuerdan. Van con prisa por esta vida capitalista loca del gasto desbordado porque ahora se lleva esto, luego lo otro, hay que probar algo nuevo o simplemente “porque me lo puedo permitir”.

Antes, esto solo se daba en gente con posibles.

Ahora existe AliExpres.

Ahora hay personas que todas, y digo TODAS las semanas, se compran algo y no conciben que no sea así.

Por supuesto, todas las semanas tiran basura pero el salir suele ser más lento que el entrar, por lo que una vez cada varios años organizan unos rastros bestiales en casa tirando desde muebles a zapatos o cremas caducadas.

Yo disto mucho de pertenecer a este grupo.

No es ni bueno ni malo pero le veo los dientes al consumo desmedido desde lejos y tampoco siento la necesidad de gastar o tener algo nuevo cada poco.

Si eres de este grupo revisa tus gastos.

Vale que puede que cada compra sea nimia pero al final del año te podrías haber ido de vacaciones o pagado un curso y sobre todo, eres una oveja, una persona movida por los hilos del poder, que gasta sin demasiados miramientos en cosas que no te hacen falta, esclavizan a unos y hacen muy ricos a otros y sigues y sigues dentro de esta rueda de ratón sin pararte demasiado a pensarlo. NO NECESITAS nada de eso.

No hay nada menos reivindicativo que estar a la moda.

 

Vale, ahora que casi te he convencido ¿cómo comienzo en casa?

Hay varias normas que suelen funcionar muy bien, como regalar todo aquello que no te hayas puesto (o visto si es un objeto de casa) en las ultimas dos temporadas.

Yo he intentado seguirla, más o menos casi toda mi vida, y repito que no tengo mucha ropa (estuve muchos años, y muchos son unos 10, con solo dos vaqueros) .

Si ya hiciste limpieza no hace mucho tiempo (al fin de temporada, por ejemplo) pero quieres volver a hacerla te tocará hacerla en modo destroyer:

Toda la ropa, y digo toda, fuera del armario.

Todo lo del salón, y digo todo, al suelo.

Y así con toda la casa.

Consejo: dedica un mes a cada estancia o no podrás vivir.

 

Aplica las normas anteriores pero de manera más efectiva.

Todo aquello que ha pasado por los pelos las últimas limpiezas y se ha librado… ¡¡fuera!! Ropa, bolsos, recuerdos, cacharros de cocina, macetas….

Deberá quedarse solo aquello que uses mucho o tenga un fin concreto dentro de tu existencia.

Y también deben quedarse “porsiacasos” realistas (un ejemplo en mi caso, serían unos zapatos de tacón negro, los únicos que tengo).

Lo que uses mucho, si tienes mucho, pero repito, lo usas, puede quedarse (ejemplo en mi caso, muchas camisetas de manga corta para el trabajo).

Revisa tus porsiacasos.

Las cosas que no uses apenas lárgalas, tan solo puede quedarse si la necesidad de uso futuro es real.

 

Los americanos.

Terminando el blog de hoy me acuerdo de los programas estadounidenses, estandartes como ellos solos de las contradicciones del mundo actual.

Hay un canal donde los programas emitidos son “quiero una casa muy grande” o “quiero una casa muy pequeña”.

Las pequeñajas son remonas. De juguete.

Yo lo paso fatal porque como buena virgo, nunca veo el espacio bien aprovechado.

Y aunque me parecen muy cuquis y me gusta acumular poco no me mudaría a una (al menos no ahora) ni tampoco le veo el sentido a las casas enormes.

Menos en Estados Unidos, donde nadie sabe cocinar (generalizo lo se, habrá alguno, jeje) aunque todos quieren cocinas enormes.

Y sobre todo, la gran obsesión de los constructores, decoradores, manitas y diseñadores de estos shows.

La frase maldita: “espacio para almacenaje”.

¿Verdad? Si ves esos espacios la vas a escuchar una y otra vez. Da igual el tipo de programa que sea. Quieren habitaciones enooormes con muuuchos armarios y muuuuucho espacio en la cocina, en el garaje...

 

¿Y para eso hemos quedado?

¿Para que en nuestra vida lo más importante sea un lugar donde poder meter todas nuestras muchas cosas?

No hace falta irte a vivir a una caseta de perro para ser más consciente y consecuente.

Tan solo revisa tu casa, tu lugar de trabajo, tu garaje y mira con nuevos ojos todo aquello que posees.

Cuesta mucho, ¡lo sé!  Y encima descubrirás que hay un mundo interior detrás de esa necesidad y que no siempre nos apetece enfrentar: miedos, anhelos, deseos… pero es una terapia sana, barata y necesaria que te devolverá al verdadero valor de las cosas y de la vida.

Yo sigo en terapia, conste. El año que viene seguro que logro deshacerme de más.

:)

Nota: querer hacer limpieza no siginifica, repito, tener mucho, ni tenerlo desordenado. Pueden tenerse muchas cosas que no se usen aunque sean pocas en número y tener millones de objetos colocaditos y guardados.